Imaginemos que un equipo universitario desarrolla una tecnología para disminuir la obesidad considerablemente. Una empresa podría fabricar un medicamento en base a dicha tecnología y proveerla al sector salud. Sin embargo, el proyecto permanece detenido debido a que la compañía espera pruebas adicionales, los investigadores necesitan recursos para realizarlas y nadie tiene claridad de cómo se repartirán los riesgos de la inversión. Todos tienen razones para avanzar, pero cada uno espera al otro.
Ese desencuentro ilustra una falla de coordinación. Podemos contar con talento y buenas ideas, pero, aun así, si faltan relacionamiento, confianza y reglas claras, el conocimiento difícilmente llegará a quienes lo necesitan.
En este sentido, la publicación de la Ley 21.838 sobre transferencia de tecnología y conocimiento, ofrece una oportunidad para abordar este problema. Su propósito es fortalecer las capacidades que vinculan investigación, innovación y emprendimiento con la sociedad, como también a la industria. Para ello, promueve la colaboración, crea un repositorio nacional y facilita la participación universitaria en empresas de base científica y tecnológica (EBCT).
Además, esta ley incentiva que las tecnologías desarrolladas con recursos públicos puedan transferirse mediante licencias socialmente responsables, puesto que el éxito de una innovación también debe medirse en términos de compromiso social, equidad y responsabilidad pública.
Con todo, conviene moderar las expectativas. Esta ley puede sin dudas abrir puertas, pero atravesarlas exige mucho trabajo y dedicación. Las universidades deberán revisar sus procedimientos, fortalecer capacidades de gestión (de la propiedad intelectual e innovación) y aprender a coordinarse con empresas, comunidades y servicios públicos. A su vez, proteger los resultados deberá conciliarse con compartir conocimiento y prevenir conflictos de interés.
En efecto, cuando esta ley entre en vigor en marzode 2027, el desafío será crear un ecosistema regulatorio que genere una cadena de valor robusta, desde la cual efectivamente se vincule investigación, ciencia, tecnología, innovación, y el emprendimiento, tanto nacional como internacionalmente.
Chile invierte en formar investigadores y producir conocimiento con relativo éxito. Sin embargo, ahora corresponde construir los puentes para que ese esfuerzo mejore la vida cotidiana de las personasmediante la creación de valor privado y público. De lo contrario, seguiremos generando conocimiento con bajo impacto en la sociedad y los mercados.
Rafael Pastor Besoain
Facultad de Derecho y Humanidades
Universidad Central de Chile