¿Los semáforos duran lo suficiente como para que un niño de tres años pueda atravesar la calle seguro, sin correr, tomando en cuenta el largo de sus piernas y su forma de moverse? Y los torniquetes de las micros ¿están diseñados para que una abuela con su nieta pequeña en brazos pueda pagar la BIP e ingresar al bus sin problemas?
Este tipo de situaciones y muchas otras más, de diversa índole, son las que la antropóloga Susana Cortés –parte del equipo del Centro de Investigaciones Arquitectónicas, Urbanísticas y del Paisaje, CEAUP, de la Universidad Central– analiza en el estudio “Movilidad cotidiana de la niñez en Santiago” (Fondecyt Nº 11240875).
La investigación se enfoca en la movilidad cotidiana de niños y niñas de entre 0 y 5 años y sus familias, habitantes de tres comunas de la capital, muy diferentes entre sí: Pudahuel sur, Huechuraba y Santiago centro. Algunas familias son biparentales, otras monoparentales o extendidas. “Hay situaciones precarias, como la de una familia migrante que antes de vivir en el centro, residía en Lampa cuidando unas bodegas, al lado de la carretera. Ese era el territorio de la movilidad del hijo pequeño. Pero también observamos otras experiencias en la comuna de Santiago, donde la movilidad ocurre a una escala más reducida, peatonal y los niños se sienten confiados y estimulados por el entorno, pues se topan día a día con vendedores, transeúntes, perros, grafitis y más”, explica la antropóloga.
La investigadora utiliza técnicas tradicionales como la entrevista, pero también la observación participante y el sombreo –que permite acompañar a los viajeros en sus desplazamientos y ocupaciones cotidianas en un período de tiempo determinado–. Además, entrega cámaras análogas a las familias para que se graben en situaciones clave, y se han realizado talleres con cuadernos de actividades para familias.
Los primeros hallazgos de la investigación
Los dos primeros años de estudio han revelado que la primera infancia está invisibilizada en la planificación, ya que el transporte público y la infraestructura urbana no los considera como pasajeros ni habitantes del transporte y espacio público.
También confirma que las movilidades interdependientes de la niñez dependen estrechamente de las de los cuidadores, redes familiares y del género —por ejemplo, las madres son quienes acompañan más frecuentemente los trayectos en la primera infancia, teniendo que resolver múltiples desafíos de los cuidados en movimiento, evitando rutas o modos que implican mayor riesgo o esfuerzo, prefiriendo salir acompañadas de otro adulto—.
Estas dificultades traen como consecuencia una reducción de la movilidad independiente de niños y niñas. Predominan las movilidades acompañadas y el uso de transporte privado cuando el transporte público es inaccesible, lo que limita oportunidades de juego, ejercicio y encuentros sociales que favorecen el bienestar.
Además, las experiencias reflejan una desigualdad espacial. Así, las familias que viven en lugares con menor acceso a servicios y actividades o menor apoyo de redes familiares y de otro tipo, salen menos. En tanto, los pequeños que acompañan a sus cuidadores al trabajo –como el de un niño que va con su papá a La Vega–; los que se movilizan en bicicleta o participan del comercio ambulante muestran que la niñez habita lugares que la planificación oficial no considera “apropiados”, pero que son cotidianos y estimulantes para ella.
A la vez, el estudio refuerza la necesidad de facilitar la movilidad en la infancia, pues esta beneficia la salud física y mental, además de ser fundamental en su acceso a lugares y recursos necesarios para su bienestar. Sin embargo, esta movilidad depende de muchísimos factores, que van desde la disposición de tiempo y recursos por parte de sus familias, la exposición a la contaminación y la seguridad, hasta el acceso a transporte y equipamiento cercano.
¿Qué debemos hacer para favorecer la movilidad de la primera infancia?
El estudio está en curso, pero entrega evidencia para repensar la ciudad desde la primera infancia. “Necesitamos visibilizarlos no como objetos de cuidado, sino como sujetos que participan de relaciones de cuidado con sus propias experiencias de movilidad”, enfatiza Cortés. Se propone que, más allá de la famosa idea de la “ciudad de 15 minutos”, las políticas reconozcan la segregación y garanticen que servicios culturales, recreativos y de salud estén al alcance de todos y todas.
Los datos etnográficos y los relatos familiares del estudio del CEAUP UCEN permiten extraer recomendaciones concretas para hacer de Santiago una ciudad que reconozca y facilite las movilidades de la infancia. De esta forma, busca contribuir con el desarrollo de políticas que consideren a los bebés, niños pequeños y preescolares en la planificación, “Esto implica adaptar señalética, protocolos y diseño de accesos en Metro y buses; promover servicios locales (como bibliotecas, güagüatecas y espacios saludables) en las distintas comunas; y considerar medidas que faciliten la movilidad interdependiente (tarifas, horarios, infraestructura peatonal segura)” concluye la investigadora.