Por Ismael Muñoz Henríquez
Docente del Departamento de Formación Transversal en Salud
Universidad Central
Estos últimos días tuve la suerte de ser invitado como evaluador de proyectos científicos en la décima edición de la Expo Ciencias Nacional Chile. Esta feria científica juvenil, desarrollada en la Universidad Central de Chile en colaboración con la Fundación Club Ciencias Chile, es un espacio donde estudiantes de diversas edades se reúnen para compartir, aprender, debatir y mostrar proyectos de investigación e innovación. Cada año, proyectos provenientes de diferentes regiones de Chile y también del extranjero convergen en un ambiente de descubrimiento y asombro que transforma los pasillos universitarios en laboratorios vivos, espacios de conversación y aprendizaje colectivo.
En estos días he visto una celebración del pensamiento científico, la curiosidad humana y la creatividad tecnológica de niños, niñas y jóvenes, y lo he sentido como una suerte de faro. Vivimos en tiempos convulsos, donde la verdad parece negociable y los hechos se diluyen entre opiniones virales, discursos emocionales y sospechas conspirativas. En este escenario, la ciencia necesita espacios culturales que permitan reconectar a la sociedad moderna con su esencia racional. Por ello pienso que Expo Ciencias es más que una feria científica estudiantil: es un recordatorio de que aún existen quienes se atreven a pensar por sí mismos y a construir explicaciones fundamentadas sobre el mundo. Este espacio evidencia que la racionalidad no es abstracción académica, sino una forma de habitar la comunidad en democracia: dialogar con argumentos, evaluar pruebas, distinguir hipótesis de supersticiones.
Hoy vemos con preocupación que discursos pseudocientíficos encuentran terreno fértil no solo por desconocimiento, sino porque la escrutabilidad, la verificabilidad y la apertura propias de la racionalidad moderna pierden terreno en la construcción de acuerdos colectivos.
Frente a ello, Expo Ciencias representa un acto político en el mejor sentido de la palabra: una recuperación de la razón como herramienta de convivencia democrática. En los pasillos de la universidad, estudiantes exponen ideas y evidencias, escuchan preguntas, aceptan objeciones y defienden sus conclusiones. Ahí se encarna algo que hemos ido perdiendo en la vida pública: la discusión sustentada en el “mejor argumento”, no en la emotividad, la sospecha o los hashtags.
La racionalidad moderna, esa que nació con el imperativo kantiano del sapere aude (atrévete a pensar), no es patrimonio del pasado ni de élites ilustradas. Renace en cada niño que formula una hipótesis, en cada adolescente que prueba un diseño experimental, en cada joven que aprende a argumentar sin falacias. Expo Ciencias, al democratizar el acceso al pensamiento científico, reactiva el vínculo, muchas veces olvidado, entre la ciudadanía y la racionalidad.
No debemos olvidar que la ciencia no es infalible, pero sí perfectible; no revela verdades absolutas, pero corrige sus errores; no busca imponer dogmas, sino someterse a la crítica. Cuando la ciencia se percibe como forma de poder y no como forma de racionalidad, como prescripción y no como interrogación, deja de inspirar confianza y habilita el surgimiento de discursos conspirativos que la desafían en nombre de la “libertad” o la “intuición”. Por eso pienso que Expo Ciencias no solo exhibe experimentos, sino que rehabilita públicamente la razón moderna. Nos recuerda que la verdad no se define por mayoría ni por intensidad emocional, sino por evidencia y contraste sobre una racionalidad compartida. Y, sobre todo, nos muestra que hay jóvenes dispuestos a hacer ciencia, no solo a creer en ella, y esa diferencia es decisiva.
En una época donde muchos parecen renunciar a reflexionar y argumentar sus verdades, estos últimos días pude ver niñas, niños y jóvenes pidiendo más mesas donde mostrar sus evidencias para explicar cómo construyeron lógicamente sus convicciones. Tal vez no todos ellos se dediquen a la ciencia en el futuro, pero el desarrollo de esa forma de pensar es urgente en una democracia amenazada por la desinformación. Revalidar la razón no es solamente una cuestión académica, sino un requisito para convivir como sociedad libre. En ese horizonte, asistir a la feria Expo Ciencias fue un soplo de aire fresco.