Por Valentina Olea Contreras
Para muchas personas, terminar la universidad no significa automáticamente encontrar trabajo ni alcanzar la esperada autonomía. Por el contrario, esta etapa suele vivirse como un período de incertidumbre, frustración y desgaste emocional. La idea de que el esfuerzo académico y el título profesional garantizan estabilidad laboral se enfrenta rápidamente a una realidad marcada por empleos inestables y oportunidades limitadas.
Uno de los elementos que más incide en esta transición es la ausencia de redes de contacto. En la práctica, muchas oportunidades laborales circulan a través de recomendaciones o vínculos personales, lo que deja en desventaja a quienes no cuentan con ese capital relacional. Esta situación no responde a una falta de mérito o capacidades, sino a condiciones estructurales que dificultan la inserción laboral, especialmente en contextos de alta competencia.
Las consecuencias de este escenario no son solo económicas. La dificultad para encontrar trabajo o la necesidad de depender nuevamente de la familia suelen vivirse con culpa y una sensación persistente de fracaso personal. Estas emociones no surgen de manera aislada, sino que se construyen socialmente en un contexto donde la autonomía se presenta como un ideal individual, aun cuando las condiciones materiales para alcanzarla son cada vez más frágiles.
El mercado laboral contemporáneo también privilegia ciertas habilidades, como la autopromoción constante y la sociabilidad activa. Esto puede dejar en desventaja a personas que no se sienten cómodas en esos registros, aun cuando cuenten con formación y competencias profesionales sólidas. La diversidad de trayectorias, personalidades y formas de relacionarse rara vez es considerada en los procesos de inserción laboral.
En este escenario, la sociología no solo permite describir estas trayectorias laborales fragmentadas, sino también cuestionar los marcos normativos que definen el “éxito” profesional. La presión por la inserción inmediata, la autosuficiencia económica y la adaptabilidad constante tiende a invisibilizar los tiempos subjetivos y las condiciones materiales desiguales desde las cuales las personas egresan al mercado laboral.
Reconocer estas tensiones resulta clave para comprender que la precariedad no es únicamente un problema individual, sino un fenómeno estructural que requiere respuestas colectivas. Desde esta perspectiva, la reflexión sociológica se vuelve una herramienta fundamental para desnaturalizar el malestar, visibilizar las contradicciones del modelo laboral vigente y abrir espacios de discusión sobre formas más justas de inserción y reconocimiento profesional.
Pensar estas experiencias desde una mirada crítica permite comprender que gran parte del malestar asociado al egreso no es únicamente individual. Se trata de una tensión entre expectativas sociales muy altas y un sistema que ofrece poco respaldo real. Reconocer este desajuste no resuelve de inmediato las dificultades, pero sí abre la posibilidad de imaginar trayectorias menos normativas, más realistas y, sobre todo, más habitables para quienes hoy transitan entre la formación universitaria y el mundo del trabajo.