Por Bryan Arpe Hernández
Académico de Terapia Ocupacional, Universidad Central de Chile
Cuando se habla de educación clínica en las carreras de la salud, la atención suele centrarse en el desarrollo de habilidades técnicas y en el cumplimiento de objetivos asistenciales. Sin embargo, tanto en los centros de práctica como en los espacios de simulación clínica, existe un desafío formativo que aún no se aborda con la misma claridad: cómo se enseñan y, especialmente, cómo se evalúan las competencias socioemocionales que sostienen una práctica profesional de calidad.
La educación clínica expone a los estudiantes a situaciones humanas complejas: comunicación con personas en contextos de vulnerabilidad, trabajo en equipo bajo presión, manejo de emociones propias y ajenas, toma de decisiones éticas y resolución de conflictos. Estas experiencias son fundamentales para el aprendizaje, pero no garantizan por sí solas el desarrollo de competencias socioemocionales. Para que estas se consoliden, deben ser intencionadas, observadas y evaluadas de manera sistemática.
La simulación clínica constituye una estrategia especialmente valiosa para este propósito,ya que permite situar el aprendizaje en contextos realistas, sin los riesgos propios de la atención directa. A través de escenarios cuidadosamente diseñados, los estudiantes pueden enfrentarse a situaciones que demandan comunicación efectiva, manejo emocional, trabajo en equipo y toma de decisiones éticas, habilidades que difícilmente se desarrollan solo desde la teoría. La posibilidad de observar el desempeño, detener la acción y reflexionar sobre lo ocurrido, junto con la retroalimentación docente, convierte a la simulación en un espacio pedagógico privilegiado para hacer visibles estas competencias y fortalecerlas de manera intencionada. De este modo, la simulación clínica no reemplaza la práctica real, sino que prepara a los estudiantes para ella, favoreciendo una formación más consciente y reflexiva.
Para que el desarrollo de competencias socioemocionales sea efectivo, es fundamental que las instituciones de educación superior y las carreras del área de la salud lo reconozcan como un eje formativo prioritario y no como un complemento opcional. Integrar estas competencias de manera explícita en los planes de estudio, con objetivos claros, metodologías definidas y sistemas de evaluación coherentes, permite que los estudiantes comprendan su relevancia desde el inicio de la formación. Este compromiso institucional fortalece la calidad del proceso educativo y contribuye a formar profesionales mejor preparados para enfrentar la complejidad del ejercicio en salud.
Entender la educación clínica como un proceso continuo que articula simulación, práctica real y evaluación formativa permite avanzar hacia una formación más coherente con los desafíos actuales. Evaluar competencias socioemocionales no es añadir exigencias, sino reconocer que estas habilidades son parte central del ejercicio profesional. Aquello que no se evalúa, difícilmente se prioriza. Por ello, fortalecer la evaluación de competencias socioemocionales en la educación clínica es una condición necesaria para una formación verdaderamente integral.